Vancouver

Tras dos vuelos y veintidós horas viajando llegamos a Vancouver. El primer vuelo atraviesa el Pacifico hasta Auckland (Nueva Zelanda). Es de día y me ha tocado ventanilla en un vuelo cuyos paisajes son los mejores que he visto desde un avión. Mi hermano Marco ya me lo advertía, vais a parar en Nueva Zelanda y no vais a visitarlo?, estáis locos…Pues sí, ahora entiendo por qué es el país elegido para rodar “El Señor de los Anillos”, y aunque lo haya visto solo desde las vistas de un avión, os aseguro que me arrepiento enseguida de no poder recorrer esos paisajes verdes, a veces áridos, de esas montañas que sobrevolabamos y que parecen de cuento.

Dicho esto, llegamos a Vancouver tras un vuelo un tanto especial ya que como he contado en las redes sociales regresamos en el tiempo. Salimos el 18 de Agosto a las 20: 30 de Auckland y llegamos a Vancouver a las 8 de ese mismo día. Es como si nos hubieran regalado un día más de viaje. Llegamos antes de haber salido, jaja que curioso.

A la llegada al aeropuerto nos espera Vincent, compañero de carrera de Loic y que va a hacer de guía durante tres días y con el que vamos a  visitar la ciudad en las mejores condiciones. Nos recoge en coche y enseguida visitamos el centro de la ciudad. Nuestra primera impresión es que tiene mucha vida, los edificios recubiertos de ladrillo visto nos recuerdan un poco a América y sus películas. En resumidas cuentas no podemos comparar esta ciudad con ninguna que hayamos visto antes.

Vancouver es, según encuestas, la mejor ciudad en el mundo para vivir. La proximidad de la playa, el océano y las montañas hacen que su localización sea perfecta. Además su clima es muy temperado con lo que no hay grandes diferencias entre el invierno y el verano. Ecología, ahorro y sostenibilidad son algunas de sus principales características, de hecho la novia de Vincent regenta desde hace años un negocio de recuperación de residuos orgánicos que va muy bien y que no hemos visto hasta el momento en Europa. Sin embargo, Vancouver es una ciudad muy cara, y aunque muchos dicen que la vida gana en calidad, tienes que ganártela muy bien. Vemos muchos mendigos por todas partes y nos da mucho que pensar. Una parte de la población no puede permitirse la suntuosidad de una ciudad hecha para el comercio, el lujo y el disfrute.

El primer día visitamos el centro de Vancouver y tras una larga caminata nos adentramos en el Creekside Park que acaba en la gran bola plateada de Vancouver, el Science World. Nos adentramos en la que fue en 2010 la Villa Olímpica de los Juegos de Invierno. Todo es recto y con un aire moderno. Construido estrictamente para los JJOO ahora el barrio toma una forma juvenil y vanguardista. Es ahí donde decidimos parar para tomarnos una copa y cenar al lado de la marina, en una de las zonas de la ciudad donde el océano se adentra en la misma. Hablamos de la vida en Vancouver, del estilo canadiense y de la rápida integración de la gente cuando viven ahí.

Frente a la gran bola plateada está el Estadio Olímpico, que ahora es un estadio enteramente dedicado al deporte nacional, hockey sobre patines. Cuando los canadienses nos hablan de sus famosos jugadores de Hockey y ven que no los conocemos se ponen las manos en la cabeza. Somos muy ignorantes de este deporte y es gracioso ver sus reacciones. Es como si alguien viene a España y dice que no conoce a Cristiano Ronaldo o a Messi…lo que es impensable para nosotros.

Vancouver está lleno de torres de edificios de cristaleras totalmente expuestas al exterior. No hay terrazas ni balcones y al verlos de día parecen más o menos masivos e industriales. Alquilarlos o comprarlos es carísimo en esos pisos donde no hay vida íntima ya que están totalmente visibles desde fuera, supongo para aprovechar al máximo la luz. Pero lo que de día puede parecer feo y repetitivo, de noche da un efecto bonito cuando miras arriba y ves la alternancia de luces y sombras al lado de la marina. Peculiar arquitectura la de Vancouver.

Día dos y nos vamos al mercado público a desayunar. Muchos productos cuidadosamente seleccionados se presentan de la mejor manera. Puedes encontrar toda variedad de frutas, pescados (incluido el canadiense “idiot fish” que como su nombre indica se deja pescar, nada más que le tenéis que ver la cara), panes, especias….Luego vamos caminando a la playa. Porque Vancouver también tiene playa. “Kitsilano Beach” es una playa urbana donde han instalado en la arena montones de troncos en los que broncearse al sol, apoyarse la espalda o incluso hacer algo de deporte.  Por la tarde cogemos una especie de “barcobus” que nos lleva al centro de la ciudad donde entre cerveza canadiense y pizzas acabamos el día.

El último día es el más intenso. Todavía con la lucha de la diferencia horaria en las patas intentamos hacernos con la ciudad. Pero estamos cansados y el bajón (al menos para mí) es impresionante. Aún  tenemos horario australiano, 7 horas menos y nos levantamos a las 4 de la mañana sin poder hacer otra cosa más que leer y esperar a que Morfeo deje de dar un paseo. Pero a Morfeo se la trae al fresco que tengamos sólo tres días para visitar Vancouver, porque nos hace estar despiertos en la noche y nos da sueño en el día. Dormimos noches de cuatro horas que nuestro cuerpo gestiona como mega siestas y tiene suficiente. En fin, creo que es la mayor descompensación que he tenido desde que llevamos viajando, incluso mayor que cuando viajamos de Europa a Japón. Por esta razón, el cansancio se acumula en esos tres días y me impide disfrutar a tope de una ciudad que seguro merecía mucha más energía y entusiasmo del que yo desprendo en ese momento. Pero bueno, el viaje es viaje y también hay que contar con esos ratos en que el estado anímico no te da los buenos días.

Con todas y con esas, el tercer día nos vamos a Stanley Park, un enorme parque al norte de la ciudad, un bosque tupido en el que perderse y en el que es imposible desplazarse a pie. Por eso alquilamos unas bicis. Conociendo Loic mi desgaste, me propone que cojamos un tándem ya que el que va delante, aparte de dirigir hace todo el esfuerzo, (así que yo me puedo dejar llevar) aparte de lo gracioso de la cosa. Recorremos el parque desde la entrada principal, pasando el puente verde “Linos Gate Bridge”, y rodeando la orilla del océano. El paseo no tiene desperdicio y nos adentramos dentro del parque donde ya conducir con tándem no es tan gracioso ya que hay cantidad de subidas y bajadas. Llegamos a un lago que hay en medio y comemos para luego echarnos un rato al solito y disfrutar de la tarde. Las avionetas de la marina despegan y aterrizan cada dos por tres. Reservar una avioneta aquí es como reservar un asiento de tren. Jaja

Nos dirigimos al centro ciudad (downtown) y el ambiente es especial, ladrillo visto, edificios bajos, músicos en cada esquina. Tomamos cervezas en casa de Vincent y nos despedimos de una ciudad que sienta precedentes, de la que tanto habíamos oído hablar, de LA ciudad con mayúsculas. Lástima no haber podido disfrutarla como debiera. A veces el cuerpo es sabio, y el mío en el punto norte del continente Americano me pedía descanso. No está mal de vez en cuando parar el freno para luego acelerar ya que Estados Unidos está esperando.