Córdoba

Córdoba es una ciudad muy completa de Argentina, en la que se combina lo moderno y lo antiguo en una simbiosis casi perfecta.

El tango es una gran cultura y al pasear en la noche frente a la catedral, en la gran plaza,  parejas bailan orgullosamente este baile sensual y sincero. Sobre todo en los fines de semana, cuando el tango ocupa la calle siendo el protagonista. Y no sólo el viejo tango, también éste es el sitio perfecto si eres un poco curioso y aprecias las versiones más modernas de éste género como el “electro-tango”.

Entramos en un viejo teatro para preguntar sobre algún espectáculo y los de la entrada al escuchar nuestro acento español se ofrecen a hacernos una visita guiada en exclusiva. Durante la misma repiten varias veces orgullosos “aquí canto una vez Carlos Gardel” y comprendemos que para ellos eso es como tocar el mismísimo cielo. (la idealización de Gardel es algo así como la idealización a Maradona, aunque el Dios del tango, obviamente,  mucho más apartado de controversias y excesos).

Carlos Gardel (1887-1935) permanece en Argentina como una institución en sí misma. Aun no se sabe a ciencia cierta si nació en Francia o en Uruguay, y esta tesis confronta a los porteños (de Buenos Aires) que lo acuñan como suyo. Lo cierto es que  vivió en Buenos Aires con su madre desde su niñez, donde empezó a desarrollar su talento. Fue conocido en todo el mundo y aún hoy las mejores piezas de tango son bailadas y escuchadas desde su voz.

Paseamos por Córdoba y sus calles en pleno calor argentino. Nos llama la atención el centro que alberga la llamada “manzana jesuítica” compuesta de muchas iglesias de dicha orden. Las “misiones jesuíticas” atrajeron a muchos curas procedentes de España para promulgar el Catolicismo en el siglo XVII entre la población indígena. También construyeron colegios y universidades aportando así su propia difusión de la cultura. Tal es el interés de éstas que en el año 2000 la Unesco declara a ésta “manzana” de herencia mundial.

A pesar del calor no podemos resistirnos al plato típico “humitas” una crema de choclo con queso deliciosa que se come en el almuerzo. Pero el termómetro sube tanto que acabamos dos días buscando una pileta (una piscina), como locos.

Córdoba es, sin duda, una ciudad señorial pero el calor y las señaladas fechas de Navidad nos han impedido conocerla más a fondo. Muchos sitios estaban cerrados y a veces las calles desiertas por el calor no invitaban mucho a patear la ciudad como en otras de Argentina.

Mendoza

Si ya Argentina es conocida por sus excelentes vinos, Mendoza es la capital vinícola por excelencia. Ya en el autobús apreciamos los enormes viñedos de la parte de Maipu bien cuidados y mimados con una elaboración tan minuciosa que las hileras de las viñas parecen arte.

Dispuestos a pasar la navidad en esta bonita ciudad el 24 de diciembre, aunque recién llegados, nos animamos a una fiesta extranjera que se torna locura. Más de 70 personas reunidas en torno a un enorme asado con vino libre  hacen que la Navidad no parezca Navidad en esta ciudad joven y calurosa. Muchas copas de vino, cerveza y champan de la región, (como no), nos ayudan por momentos a olvidar lo que es extrañar una Navidad en familia. Volvemos a casa con un grupo internacional y entusiasta a las tantas de la madrugada, planeando con ellos las actividades del día siguiente.

En el hostal tenemos suerte. Como nuestro presupuesto se ha reducido mucho desde que entramos en Argentina, ya no podemos permitirnos dormir en hostales reservando habitaciones privadas. Por eso  tenemos que conformarnos con dormitorios de 6 u 8 personas, en el peor de los casos. Pero en Mendoza y por casualidad, pasamos tres días en un dormitorio de 6 los dos solos, lo que se agradece.

Mendoza es una ciudad muy geométrica, con una Plaza de la Independencia central, de cuyas esquinas se prolongan otras cuatro plazas, la de España (con típicos azulejos cordobeses), la de Chile y la de San Martin (libertador de Argentina a caballo) entre otras. El calor es apreciable y los niños no dudan en utilizar las fuentes como piscinas para refrescarse de la ola de calor que acecha al norte del país, la mayor desde hace décadas.

Con los del hostal alquilamos unas bicis y hacemos un tour de vinos por nuestra cuenta, pedaleando y degustando vinos en unas cuantas bodegas que nos recomiendan las guías y los locales.

La primera de ellas es una producción familiar, de muy pocas botellas, pero de una exquisitez inigualable. “Carmelo Patti”, que así se llama el apasionado dueño no duda en explicarnos todo y más acerca de su buen caldo y de sus orígenes. No cobra la entrada y solo habla castellano, pero la manera de explicarte su enología nos parece digna de admiración. Su Cabernet Sauvignon de 2008 es seguro un pecado terrenal, a pesar de tener un color amarronado que no tiene nada que ver con la calidad del vino. Y es que en tintos, como un buen Cabernet no hay nada. A Loic le encanta, yo prefiero vinos más densos y expuestos al sol.

Dos bodegas más tarde y con dificultades ya para manejar el manillar de la bici nos dirigimos a una bodega que, aparte de degustación, ofrece almuerzos típicos argentinos, la mayoría de las veces parrillada. Disfrutamos de una de ellas todos juntos entre risas y anécdotas de viaje.

Esta última bodega es bastante reciente y tiene la peculiaridad de elaborar un vino orgánico. Presenciamos el proceso de elaboración y la conservación en barricas. La enorme fabrica y sus subterráneos nos llevan a la zona de conservación de vinos ideal y húmeda. Una de las ventajas de este tipo de vinos es que su uva contiene dos veces más de reservarlo, un poderoso antioxidante.

La mayoría de producciones en Mendoza se componen de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah, este último hasta ahora desconocido para mí pero con un aroma suave que contrasta con el gusto. Bastante peculiar.

En fin, nuestro paso por Mendoza se tiñe de tinto y Torrontes, en una ciudad con un señorío como en pocas he visto hasta ahora en Argentina y donde Dionisos es, sin duda, el dios idolatrado. Y es que el vino es tradición y cultura, pasado y presente, que ayuda a disfrutar intensamente de momentos aislados de la vida.

Bariloche

La competición del bus más largo continúa, esta vez es un bus de nada más y nada menos que 24 horas de duración que hemos tomado en dos días hasta llegar a Bariloche. Allí nos espera Nico, un amigo italiano que dejamos en Salta y con el que nos reencontramos de nuevo para celebrar el cumple de Loic. Y el suyo porque los dos cumplen años el mismo día, el 21 de Diciembre.

Bariloche es la ciudad de los deportistas, en invierno ofrece las pistas de esquí del Cerro Catedral, el más próximo, y en verano un sinfín de actividades acuáticas ya que se sitúa al lado de un lago.

Al día siguiente de llegar alquilamos un coche para ver la Ruta de los Siete Lagos con Nico. Los alrededores de Bariloche son espléndidos de por sí pero el agua le da un valor adicional incomparable. Los lagos, a cada cual más cristalino, se siguen unos a otros. Paramos para hacer fotos y a mitad de camino para comer. No podemos irnos del lugar sin probar el “cordero patagónico”, una exquisitez de carne tierna desmenuzada en salsa de cebolla.

La excursión nos lleva todo el día pero la noche es la gran fiesta. Nico ha traído vino de Mendoza y buen champán que compartimos con los del hostal en una fiesta más que para nosotros será inolvidable en Argentina. Salimos con los del hostal y la fiesta se prolonga hasta las tantas. Loic y Nico, los anfitriones cumpleañeros se lo pasan en grande. Nos reímos hasta las tantas de la madrugada. No tanto al día siguiente, que fue duro, como de costumbre, ante la resaca y las horas de sueño de menos.

Recordaremos Bariloche por la naturaleza y los lagos pero sin duda mucho más por los encuentros y la gente que ahí conocimos. Todo un placer poder compartir con los demás lo días importantes de uno.

El Chaltén

Cinco horas de bus más al norte en La Patagonia nos encontramos en El Chaltén, “La ciudad mundial del senderismo”. Desde ella parten numerosas caminatas que puedes hacer de ida y vuelta o pernoctando en la montaña. Todo ello porque el escenario es espectacular.

El cerro Fitz Roy a lo lejos del pequeño pueblo corona un paisaje que parece sacado de una película de ficción. Este pueblo vive íntegramente del turismo que viene regularmente en los meses de verano por la cantidad de posibilidades de actividades en la naturaleza que el entorno ofrece. Es una ciudad joven, desde 1985, ya que Chile la aclamaba como su territorio. Hoy es un pueblo por y para el turismo, configurado para dar los servicios y facilidades que este requiere.

Lo peor es que está en medio de la nada, todo es carísimo, hasta el agua o las materias primas, pues cuesta mucho llevarlas allí, no hay internet ni cajeros, lo que hace que nuestra estancia de tres días sea un corte con el mundo exterior.

El primer día nos sale nublado y emprendemos una pequeña caminata de dos horas al “chorrillo el salto” una pequeña cascada desde la cual se puede apreciar todo el valle a lo lejos que abarca las montañas que veremos al día siguiente. Loic hace amago de bañarse en una de las piscinas naturales de un agua que está a 5 graditos pero no da ni una brazada pues no siente ni sus brazos en esa agua helada. El paisaje nos servirá de entrenamiento y de contacto con la naturaleza de la Patagonia, con sus contrastes y sus colores.

La gran caminata la emprendemos al día siguiente para acercarnos al Fitz Roy, un enorme pico rocoso y afilado, esculpido por los vientos violentos de la zona austral. Las cuatro horas de caminata se hacen sin problemas pero la última hora es tan dura y vertiginosa que tengo ganas de dejar el reto para otro día. Al final llegamos a la laguna celeste que nos muestra el gran pico y merece la pena, sin embargo  el viento allá arriba es tan turbulento y helado que no nos permite disfrutar con plena atención de la maravilla que tenemos delante. Sin duda, para mí esta debería ser una de las mayores maravillas naturales del mundo, pues esa cresta rocosa es imponente delante de nuestros ojos.

No en vano, desde 1953 este pico ha sido el objeto de deseo de muchos escaladores. Culminarlo era como alcanzar el dorado de la escalada. De hecho, muchos murieron en su intento y en el pueblo existe una pequeña capilla en homenaje a los que perecieron soñando con esa cumbre.

En fin, El Chaltén culmina todas nuestras expectativas de La Patagonia, en esta nuestra única parte del viaje adornada con fotos de montañas nevadas, de lagos celestes, de glaciares, de bosques y de llanuras interminables. Todo lo que un día soñaste de un paisaje para caminar está aquí.

El Calafate

Es impresionante pisar el suelo de La Patagonia en el mes de Diciembre cuando es pleno verano y el sol se acuesta a las 12 de la noche. El día parece eterno y se extiende para que podamos observar las maravillas de un paisaje que va a acompañarnos durante varios días en la subida de Argentina. La noche apenas dura cuatro horas y el sol a las 4 de la mañana ya está dispuesto a empezar su jornada.

El Calafate es un pueblito situado al sur de La Patagonia casi al límite con la Tierra de Fuego. Este es el punto más al sur en el que hemos estado nunca y recorriendo los campos te das cuenta de que la peculiaridad de ésta, la parte más austral de Argentina, es que cambia su paisaje magistralmente en cada momento.

Lagos azul turquesa, vientos azarosos, de repente cerros desérticos que dan paso a montañas de picos imposibles…eso es La Patagonia, adornada por valles donde caballos salvajes corren a su antojo y vacas relucientes pastan en sus tierras. No es un sueño, es realidad aunque no nos lo parezca.

Nuestra estancia se prolongara tres días en este pueblo de invierno acostumbrado al frio extremo. Afortunadamente ahora que es verano es llevadero y las temperaturas no se mueven mucho de los 9 a 11 grados. Es la primera vez en el viaje que estamos en un ambiente frio y no me desagrada tanto como pensaba.

El primer día lo dedicamos a conocer los alrededores aconsejados por nuestro anfitrión Orlando, un chico del norte de Argentina que ha venido a trabajar a La Patagonia hace ya cuatro años. En realidad no nos quedamos en un hostal, sino en casa de alguien pero nuestra experiencia es muy buena y estamos muy a gusto en la cocina de chimenea cálida y el ambiente de casita de montaña.

La excursión obligada que nos trae aquí es el Perito Moreno, ese impresionante glaciar que nunca acaba y que avanza como una lengua de hielo en movimiento, casi como un rio a cámara lenta. Conocemos a una pareja de alemanes con los que compartimos un coche y una jornada visitando el parque. Con Markus y Olivia recorremos esa enorme masa de hielo de 5km de longitud y de 60 m de altura. Apoyados en las barandillas de seguridad admiramos tan impresionante belleza y por momentos los “rompimientos” del hielo que va a caer al agua. El sonido ensordecedor nos deja atónitos y constato que, además de poder quedarme horas viendo y escuchando ese estruendo natural, es una de las mayores maravillas que han visto mis ojos. Nada comparable, os lo aseguro.

A veces los rompimientos son grandes, como el que tuvo lugar en 2004, el ultimo que modificó literalmente la estructura del glaciar. Ocurre uno grande cada cinco años más o menos, pero la lengua helada siempre avanza. No tenemos la suerte de ver uno tan grande pero aun así merece la pena. Es curioso el color azulado que se vislumbra de las hendiduras de hielo dentadas producto de las moléculas de oxigeno que al congelarse dan ese color.

La lluvia y el frio no dejan tregua en El Perito Moreno, cuya meteorología es casi siempre nubosa y lluviosa y visitamos el Lago Roca que está enfrente del glaciar. Tomamos café calentito en una de las particulares “estancias argentinas” que son como hoteles rurales tipo granja donde apreciar no solo el paisaje, sino también la vida real de un granjero en esta tierra salvaje.

Contemplar los alrededores de La Patagonia es otro mundo y una sensación de estar apartada de todo me hace pensar que la vida aquí , aunque dura, tiene que ser cuanto menos especial, en un constante contacto con la hostilidad y los caprichos del tiempo y de la tierra, pero con un calor humano agradecido y necesario.

Salta

Desde Chile el autobús atraviesa la extensísima cordillera de los Andes entre valles de roca porosa y cactus, dejando ver a lo lejos un enorme valle que los españoles nombraron “el de la eterna primavera”. Ahí es donde se sitúa Salta, ciudad colonial situada al norte de Argentina que alberga la cultura propia de su país con la tradicional indígena de su país vecino, Bolivia.

Pisamos suelo argentino con la mochila a cuestas con un calor de 35 grados para dirigirnos al centro ciudad. Sin reserva y sin idea de hostal para pasar la noche, preguntando vamos a parar a un hostal en el que, sorpresas de la vida, al abrir la puerta en la recepción se encuentran nuestros amigos que despedimos en Uyuni. No habíamos quedado con ellos ahí pero si habíamos quedado en vernos. El destino caprichoso quiso juntar nuestros caminos una vez más.

Nada más llegar nos preparamos para salir a tomar algo a las típicas “peñas”, lugares como tablaos flamencos donde se bailan los bailes típicos de la zona. Los pantalones bombachos de los bailarines quedan elegantes e invitan a entrar. Además de Manu, Gustavo y Liz, hacemos amigos que desde esa noche serán inolvidables. Nico un simpático italiano y una singular pareja anglo cubana (como la canción) – Rodri y Yoli – serán también un grato descubrimiento de nuestro paso por Salta.

Al día siguiente y con un grupo enorme que se conoce y se configura, el dueño del hostal, Matías, y su familia, nos invitan a una parrillada en su casa a las afueras de Salta. Piscina, vino y olor a barbacoa, las buenas conversaciones y a risas inundan la tarde.

Otro día emprendemos una excursión en grupo con un coche. Nico, Liz y Ariel (un joven porteño) nos acompañan para descubrir los alrededores de la ciudad. Paramos en la quebrada del Cafayate, donde las capas de la tierra se acumulan una encima de la otra formando huecos de acústica incomparable. Uno de ellos, el llamado anfiteatro alberga tan buena sonoridad que muchos conciertos tienen lugar en este antojo natural melódico. El contraste del rojizo de la roca con el verde de los arboles da al paisaje un toque especial.

Cafayate es un pueblo que acuna, además de su merecida fama vinícola, al rio Colorado en su costado. Paramos en este pueblo colonial para degustar un almuerzo típico, “bife de chorizo” (trozo de carne de vacuno asada) deliciosa, acompañado de un buen vino de la tierra. Nada mejor.

Paseamos por el Rio Colorado y bajamos al valle para una merecida degustación de vinos en una de las más grandes bodegas, “Domingo hermanos”. La visita es espectacular, nunca habría pensado que esta experiencia fuera tan agradable y relajante. La degustación se compone de cuatro vinos, dos blancos y dos tintos. Son absolutamente exquisitos, pero lo que más me llama la atención es la fabricación del vino de altura, ausente en Europa. Los vinos adquieren otro color y textura producto de la menor oxigenación y mayor exposición al sol, y se nota en el paladar. La diferencia entre un vino a 2700 m y otro a 1000m es apreciable. Además en esta región la denominación  “torrontés” es propia ya que fue una uva importada de Francia que adquiere en esta zona la mejor producción mundial.

Recordaremos Salta por la fiesta y la parrillada, por el hostal de ambiente cercano y los amigos que hicimos, el vino, la carne, la amistad y la fiesta…mejor no podía comenzar Argentina con nosotros.