Singapur

Si bien Singapur era una parada obligatoria entre Asia y Australia, y aunque habíamos oído mucho acerca de la ciudad moderna, nunca te llegas a imaginar lo que es hasta que no lo ves con tus propios ojos.

Singapur es una isla bajo Malasia, tropical, verde y soleada. La llamada “ciudad-país” recobra vida en cualquiera de sus barrios, chinatown, Little india, Marina Bay y el centro de la ciudad.

Montarte en el metro es montarte en un tren futurista, entrar en una casa con códigos informatizados no tiene igual, y hasta incluso observar los parkings para coches, puede ser todo un descubrimiento. Porque en Singapur todo es moderno, limpio, nuevo, todo está tan reluciente que hasta te hace olvidar las estrictas reglas de una población orgullosa y amable.

Sólo que, si bien venimos de Asia y de países de pobreza, aquí el cambio es muy brusco. Hay tiendas Louis Vuiton en cada esquina, la gente, adinerada, no duda en mostrarlo y el consumismo nos ciega viendo de dónde venimos. En fin, contrastes como éstos los esperábamos.

Pero, todo hay que decirlo, Singapur es la ciudad de ensueño, hace calor todo el año, la gente vive muy muy bien, y el ambiente relajado te atrapa. La mezcla de poblaciones y de familias es tan abrumadora y políglota que de alguna forma la ciudad te enamora.

En Singapur hacemos couchsurfing en casa de un taiwanés que, amablemente nos acoge y nos ofrece una habitación para dormir. El host en cuestión es un verdadero personaje, alguien extremadamente abierto, dialogante, gracioso e hiperactivo que no duda en acoger a cuatro o cinco personas a la vez en su casa, viniendo de partes diferentes del mundo. Es así como pasamos la noche en compañía de una chica india, dos taiwanesas y una pareja de polacos, con los que decidimos partir al día siguiente para descubrir la ciudad.

En tren nos deja en Marina Bay, el edificio más famoso de Singapur, un conjunto de torres que confluyen en su parte de arriba en una especie de barco que alberga la llamada piscina del infinito, sobre la que no ves el borde y que llega a medir 1 km, nada menos….Pero subir hasta arriba es sólo disfrute de unos pocos, los que se alojan en el hotel de lujo en cuestión ejemm… se nos escapa del presupuesto.

Con Marta y Thomas paseamos por los “Gardens by the Bay”, unos enormes jardines con curiosos árboles artificiales desde donde hacen crecer la vegetación.

Luego vamos a comer a Chinatown, y descubrimos el centro de la ciudad. Los modernos edificios y los coches nos abruman, tanto progreso unido es impresionante en un país donde todo parece funcionar de maravilla. Te montas en el metro y está prohibido beber o comer, las líneas de entrada y salida están delimitadas, todo está informatizado. Nos acercamos a un barrio y vemos un cartel donde la policía avisa de que han robado una bici hace tres días. En él se previene a los ciudadanos además de hacer una llamada a testigos. Uau, no quiero ni pensar lo que pasaría si un asesino en serie viviera en ésta ciudad. En fin seguridad por todos lados.

Por la noche estamos invitados a una fiesta-barbacoa a lado de una piscina. Matthew, un amigo de Loic y su novia francesa nos hacen descubrir cómo viven los franceses expatriados en ésta ciudad. Lo pasamos de maravilla y sobre todo nuestros paladares. Hartos de comer arroz y noodels por fin probamos buena comida francesa, quiche lorraine, patés deliciosos, carnes exquisitas y buen vino, como no podía ser menos.

En fin, con tanta celebración se nos olvida que el metro es sólo hasta las 12 y media con lo que tenemos que correr para coger el último. No hay suerte, cogemos el primero pero en el cambio el segundo está fuera de servicio. Pillamos un taxi que cuesta un pastón pero no nos importa porque hemos pasado una noche maravillosa y estamos hasta arriba de vino francés. Tanto lo echábamos de menos…

Al día siguiente vamos con los franceses al Jardín de Orquídeas. No podemos ni imaginar la cantidad de especies que se pueden hacer de ésta flor híbrida de mil colores, formas y texturas.

Por la noche nos vamos al lado de Marina Bay, centro neurálgico de la ciudad. Nunca he visto Manhattan pero si se parece a esto es impresionante. Cientos de rascacielos rodean la bahía y miles de luces se reflejan en el agua, la ciudad no duerme de noche y el ambiente te envuelve. La gente pasea por los alrededores del agua y descubrimos un espectáculo de luces y chorros.

Así se acaba nuestra experiencia de Singapur. Un verdadero paraíso de modernidad y tecnología, de prosperidad económica en la pequeña ciudad-país.

Nha Trang y Saigon

El trayecto hacia Nha Trang lo hacemos en un bus de noche de nuevo. Esta vez y por primera vez en Vietnam hemos logrado buenas plazas siendo deportistas, es decir, corriendo como locos detrás del bus ya que, una vez que todos los turistas han comprendido cómo va el tema el juego es “a la caza y captura del mejor sitio”.

En fin, en el trayecto entablamos conversación con una pareja de argentinos simpáticos y con un español (de Lleida), Jordi, que nos acompañará dos días más tarde en nuestro recorrido por Saigon. Jordi ha tenido un incidente la noche anterior y nos cuenta que le han robado todo el dinero que tenía en un hotel que había instalado cámaras especiales para eso. En fin, mi conclusión es que, si bien es verdad que en todos sitios hay timos, estafas y ladrones, es en Vietman donde hay que estar más alerta.

Nah Trang es una especie de Benidorm invadida por rusos. La playa no es especialmente bonita pero permite relajarnos. El presupuesto lo tenemos ajustado y decidimos hacer más de una comida y cena con bocadillos que ellos preparan en la calle con vegetales, paté y carne.

Al día siguiente viajamos con Jordi hasta Saigon. Logramos dormir más en el bus de noche, todo un reto.

Tras adentrarnos en la zona de Backpackers de Saigon pasamos un dia entero juntos. Jordi es un fotógrafo, viajero por excelencia, enamorado de India que nos cuenta un montón de historias. Gente rica en conocimiento así es la que te hace grande un viaje. Gracias Jordi por tu tiempo y tus increíbles conversaciones.

Nos despedimos de Vietnam, Singapur es otro respiro de aire fresco que necesitamos.

Hoi An, la ciudad de las mil luces

Llegamos a Hoi An una mañana calurosa y decidimos recorrer la ciudad alquilando una moto. Es una de las formas de verla, pero si además de quedarte en el centro quieres explorar las playas alrededor, es la mejor opción.

Empezamos el día descubriendo Hoy An y todo el centro cultural lleno de templos de todos los colores, de casas antiguas chinas y de vida. La ciudad merece un paseo por las calles principales que confluyen en el río y cuyo ambiente es turístico y agradable.

Aquí el budismo se hace más importante que en otras ciudades y vemos que hay templos con escuelas dentro para instruir desde la más temprana edad a los futuros sacerdotes. En la foto veis a Loic en una de las clases de chino en la escuela en cuestión. No es de extrañar, el día anterior en Hué visitamos una pagoda donde los niños jugaban al futbol rapados y desarrollaban todo tipo de actividades compaginadas con la vida budista.

Más tarde nos adentramos al mercado de Hoy An, sólo frecuentado por vietnamitas. Nos perdemos en un sinfín de puestos de todo tipo de alimentos, huevos, frutas…decidimos probar lichis y una fruta roja que veréis en las fotos llamada la fruta del dragón, deliciosa cuando está fría, como una especie de kiwi sin ser demasiado azucarado.

Visitamos un famoso puente japonés en pleno centro de la ciudad y decidimos pasar la tarde en la playa. Loic escribe en la arena de una playa prácticamente para nosotros, de paso “buen verano a todos”. Empieza a llover un poco y nos refugiamos en un chiringuito de ensueño regentado por un grupo de franceses que hacen que el final de la tarde acabe en la mejor música que hemos escuchado desde que llevamos viajando. El agua de coco y la buena música, excelente combinación viendo atardecer.

Acabamos la noche en las calles de las mil luces de Hoi An , esas que en el día resplandecen en colores brillantes.

Hue

Hue es la Ciudad Imperial a visitar por excelencia en Vietnam.

Antes de llegar cogemos un autobús desde Ha Noi que dura 14 horitas. Nada más entrar en el autobús, que es “sleeping bus”, nos sentamos en unos asientos delante que están libres. Al vernos tres vietnamitas vienen furiosos y sin mediaciones nos gritan que nos quitemos de ahí y que tenemos que ir al fondo del autobús. El ambiente está tendido y se respira agresividad cada vez que se dirigen a nosotros. Nosotros no queremos quitarnos, hemos pagado para elegir un asiento y estamos en nuestro derecho. La paciencia de los vietnamitas se disipa y acaban empujando a Loic y gritándonos, con lo cual no tenemos más remedio que ir al fondo del bus y pasar una inolvidable noche al lado de los aseos de un bus sucio. El revisor cada vez que pasa nos mira con asco y hasta nos tira los tickets a la cara. En fin, a nadie le gusta que le traten así y juramos y perjuramos que por esa noche pasaremos el bus, pero haremos algo, claro que lo haremos.

Al día siguiente nos presentamos en la oficina en cuestión “Camel Travel” y os tratan casi peor que en bus anterior. Queremos que nos escriban en los tickets que podemos elegir nuestro asiento en su lengua y el que está en la recepción, primero se ríe de nosotros, luego negocia con Loic diciendo que lo escribe si le da sus gafas de sol y finalmente escribe algo en los tickets. Nos vamos a comer algo y conocemos a un camarero vietnamita muy simpático que nos traduce en inglés lo que el de la agencia acaba de escribirnos.

Dice así: “poned a éstos turistas al lado de los aseos”

Nos sale humo de las orejas de la rabia y nos vamos hechos una furia a la agencia en cuestión. Prefiero solucionar yo esto ya que al ser una tía creo que hay menos probabilidades de que llegue a las manos la cosa.

Entro en la agencia, el tío está durmiendo a la siesta de espaldas al mostrador, le despierto de la siesta y de forma calmada le digo si se cree que somos tontos, que los turistas no somos idiotas, que no merece ese trabajo  y que afortunadamente no todos los vietnamitas son tan corruptos y tan malas personas como él.

A todo esto entra en la agencia la que parece ser la dueña de la misma, le pide cuentas al tío en cuestión y decide cambiarnos los billetes. Hago señas a Loic, que me espera fuera como un volcán en erupción para que me dé su ticket.

Entra y  se arma la revolución rusa, francesa y todas juntas en la guerra de vietnam. Loic coge un “dios gordo” al que tienen en un altar de buda y amenaza con romperlo a añicos si nos siguen tomando el pelo y no escriben lo que queremos. La situación se nos va de las manos, intento calmar a Loic. Ahora me río, porque tendríais que ver las caras de los vietnamitas ante tal ofensa.

En un intento por arreglar los billetes y de calma por mi parte no dejan de llamar por teléfono. Loic me dice que han llamado a la policía y nos damos a la fuga lo más rápidamente posible con la moto.

Esa tarde recorremos los campos de arroz a las afueras de Hue, al final ni tan malo, porque nos metemos con la moto en aldeas en las que nunca han visto un turista. Bebemos cervezas con ellos y reímos. Gracias que todos los Vietnamitas no son agresivos, un día intenso donde los haya.

Con tanto contar contratiempos del viaje se me ha olvidado contar lo que visitamos en Hue. La Citadelle Imperial, compuesta por templos coloridos, suntuosos palacios y hasta una pequeña ciudad prohibida en el interior. El legado es precioso, fruto de la herencia de la cultura China en ésta ciudad. Hay una sala roja muy grande donde yacen las cenizas de los últimos emperadores.

Nuestro próximo autobús lo cogemos ese día por la tarde hacia Hoy An, ciudad recomendada en todas las guías. Nos esperamos lo peor una vez más en éste trayecto y la intuición no nos falla. Al coger el bus nos encontramos al tío de la agencia que se encarga de que entremos los últimos en el autobús quedando sólo una plaza. Viajamos cuatro horas de trayecto los dos en el mismo sitio, esto de castigo.

Si pensáis venir a Vietnam un día nunca cogáis un “open bus” y menos con “Camel Travel”.

Viajamos con una sensación de niños malos castigados pero con la satisfacción de no callarnos ante las injusticias.

Bahía de Ha Long y Cat Ba

Tras levantarnos a las 3 de la mañana para coger un bus a las 5 al otro lado de la ciudad llegamos a la Isla de Cat Ba. No es la manera habitual de ver la famosa Bahía de Halong, pero estamos tan hartos de los típicos timos y trayectos turistas que intentamos hacerlo todo por nuestra cuenta y no con los tours organizados que proponen desde Ha Noi.

Cat Ba es una isla instalada en plena Bahía por lo que ese día disfrutamos para subir al fuerte y contemplar un cachito de lo que veremos al día siguiente pero en altura. Las vistas son preciosas, islotes salidos de la nada invaden todo el horizonte donde pueblos de pescadores se instalan en las serenas aguas con sus casas para ganarse la vida, una vida sobre el agua.

La bahía en sí tiene muchas leyendas, una de ellas es que  yace un dragón y de ahí que podamos ver las casi 3000 islas puntiagudas que la componen.

Decidimos en Cat Ba coger un barco para hacer kayak, una buena forma de descubrir la bahía remando y nadando por donde quieras. Solo que, una vez más, y tal y como nos pasó en Koh Chang con las islas no tenemos suerte. Ese día nos sale lloviendo, pero incluso hasta remando bajo la lluvia el agua está caliente. Impresionante.

En la tarde el tiempo se mejora y podemos disfrutar del día en condiciones, nos adentramos en cuevas que dan a lagunas de ensueño, muchas de ellas plagadas de medusas, como veréis en las fotos, pero un paraíso igualmente. Acabamos el atardecer en el barco, tomando el solito, saltando al agua cada vez que queremos y disfrutando del silencio de la Bahía.

Llegada y Hanói

Después de un movidito trayecto desde Camboya llegamos a Ho Chi Minh, la gran ciudad al sur de Vietnam que antes de la famosa Guerra de Vietnam fue llamada “Saigon”. Llegamos en bus y, nada más entrar en la ciudad nos sorprenden la cantidad de motos que hay, salen de todos sitios, juntas, miles y miles entre cruces, avenidas….he aquí el país de la moto. Ya lo veréis en las fotos y vídeos.

Llegamos a la zona centro y nos quedamos en casa de una señora vietnamita que nos ofrece una habitación limpia y confortable después de buscar entre callejas y más callejas. Esa noche cenamos en el mercado, como auténticos vietnamitas. La comida, como en todo Asia está hecha a base de noodels y arroz, no pasa nada, siempre y cuando no esté  picante con el calor que hace incluso de noche.

Nos paseamos por el viejo Ho Chi Minh y a todas horas hay gente haciendo deporte; nos sorprende la cantidad de gente bebiendo cervezas sentados en unos mini taburetes de guardería. En realidad es cerveza rebajada con agua lo que no les hace mucho efecto. O cerveza servida con hielo, jaja menudo sacrilegio ¡

Al día siguiente cogemos un vuelo que nos lleva al norte, la capital, Ha Noi. Al aterrizar los taxistas nos intentan engañar con precios desorbitados prueba de que el turista que llega no está hecho al nuevo cambio.

Al final cogemos el bus que nos conduce al centro donde conocemos a Rachel, una couchsurfers inglesa que vive aquí desde hace un año. Nos recibe en su casa como a reyes, nos enseña los buenos planes de la ciudad. Visitamos el museo de Ho Chi Minh personaje ilustre aclamado por los vietnamitas, social comunista, que pasa su vida luchando para los derechos de los vietnamitas. Muy curioso ver un estado tan socialista en una economía en la que cada habitante tiene su negocio en cada esquina.  Por la noche disfrutamos de una cena entre ingleses al lado del lago. Nos vamos de fiesta con ellos, bailamos en una de las discotecas escondidas de la ciudad donde la gente deja volar su imaginación pintando en paredes, tocando instrumentos… Una verdadera experiencia que sin ella no hubiéramos descubierto. Un aclamo a la comunidad y espíritu couchsurfing.

El día siguiente sale entre lloviendo y bochornoso. Rachel nos deja las bicis para recorrer la ciudad pero es tanto el calor que tenemos que pararnos cada dos por tres para beber agua. El tráfico nos agobia, pasan a un cm de ti, paramos y unos cuantos vietnamitas se ríen de nosotros en su idioma. Nos metemos en un barrio alejado y las burlas continúan, no somos bien venidos y sus caras no son nada amigables. Una rabia me recome por dentro fruto del cansancio, probablemente de la fiesta del día anterior y de las formas en las que nos tratan. Llegamos a la estación de autobuses de la cuidad y Loic compra los billetes para la Bahía de Halong, que haremos al día siguiente. Aprovechando que estoy sola, me acorralan tres tíos y cogen las bicis, les grito, me vuelvo loca y les digo todo tipo de injurios en mi idioma. Loic viene, pero por una vez, es él el que me calma a mí. Quizás ese día haya sobrepasado mi límite de aguante ante tanto imbécil. Quedamos con Rachel más tarde y gracias a ella vamos a un picnic sonoro que me reconcilia con el día más fatídico para mí desde que empezamos a viajar.