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Rio de Janeiro

Rio nos recibe como pocas capitales lo han hecho, con una luz y alegría propias de sus gentes. Es así como conocemos a nuestros dos anfitriones, Marlene y Antonio, que, nos acogen en la capital brasileira con los brazos abiertos. Su piso es grande, espacioso, y luminoso a todas horas del día ya que se encuentra casi enfrente de la playa. Está rodeado de ventanales para darle un aspecto abierto al paraíso.

Y es que Rio no tiene otro apelativo que ser llamado paraíso. Desde que llegamos esta ciudad nos envuelve, sus gentes, su alegría y sobre todo la luz en ese entorno casi amazónico y verde nos hacen adorar la ciudad desde el primer minuto que ponemos nuestros pies en ella.

Bien es sabido por todos que, desgraciadamente, Rio no tiene una reputación muy álgida en cuanto a seguridad, por eso decidimos andar tranquilos pero seguros por todos los lugares que visitamos (como bien dice mi hermana). Y eso es lo que hacemos. Ni más ni menos que en otras ciudades, cuando ésta es nombrada  como la más peligrosa. Ponemos atención y más atención si cabe…

El caso es que el primer día Marlene, que, como luego descubriremos cada mañana, nos prepara unos desayunos deliciosos a base de bizcochos de maíz, de chocolate…y fruta tropical que nos hacen empezar el día con un sabor especial. Si éste es el sabor de Brasil, me quedo eternamente.

Tenemos la suerte de llegar un domingo, así que las grandes autovías de Rio están cortadas para fomentar que la gente salga a la calle y haga deporte al aire libre. Avenidas enteras con gente corriendo, patinando y un sinfín de deportes más se ven a lo largo de la playa, donde nos acercamos curiosos. Un deporte nos llama la atención, lo que aquí llaman el vóley-futbol (deporte combinación de los dos en pases), causa furor en la playa.

Y una vez más ese toque futbolero de Brasil. No es de extrañar que de aquí salga  la mejor cantera de futbolistas del mundo. En las calles las obras y la publicidad del mundial, que tendrá lugar dentro de seis meses, se prepara ya entre sus gentes y su fervorosa afición. Podemos hablar con brasileños y ya sueñan con la final en Maracaná, el gran estadio circular de Rio que culminará la gran cita.

Y Rio nos deja adivinar sus maravillas. Mientras nos paseamos por sus calles o cogemos los largos trayectos en autobús permanentemente la vista es espectacular. Unas veces coronada por el Pan de Azúcar, ese enorme peñón a lo lejos que corona Rio, y la mayoría, por el Cristo Redentor, que día y noche guarda la ciudad con su imponente presencia.

Y como buen primer día decidimos empezar por el Rio antiguo, que, aunque dicen que no es el más seguro es el más pintoresco y característico, al menos eso aseguran las guías. Nos adentramos en el barrio de Lapa con sus conocidos arcos blancos, eso sí algo roídos por el paso del tiempo, y llegamos a pie al Barrio de Santa Teresa. Típico barrio histórico, en su mayoría pavimentado y con las trazas de antiguos tranvías, con calles estrechas adornadas por grandes casonas que una vez fueron señoriales y que guardan todavía las flores y la vegetación de moradas abandonadas y románticas. Ese aire de nostalgia del que fue un día (en el siglo XIX) el barrio rico de Rio, se deja entrever entre las rejas del vecindario y las enredaderas que las entrelazan.

Hoy no es el mejor día para ir a ver una maravilla del mundo como lo es el Cristo Redentor porque está parcialmente nublado pero es el que hemos decidido y el que mejor se adapta a nuestro plan de visita de la ciudad. En bus urbano subimos hasta la colina. No podéis imaginaros la amabilidad de los chóferes del bus tanto como de los pasajeros que, viendo que somos extranjeros nos informan y acompañan desinteresadamente. Una vez arriba, en la taquilla, nos informan de que está nublado pero aun así nosotros queremos verlo, aunque sea adivinarlo entre las nubes.

Subiendo poco a poco las bocanadas de aire dejan entrever al cristo por momentos, así como la vista que a su alrededor corta la respiración. A veces las nubes caprichosas quieren instalarse más de la cuenta allá arriba pero acaban dejándonos contemplar el cristo en todo su esplendor. Con un sol reluciente, casi producto de un milagro o de sus gigantescas manos.

Lo que se puede ver desde allá arriba es inexplicable sin palabras. Ese pódium de naturaleza y urbanismo al mismo tiempo puede hacer perfectamente de Rio la ciudad más bonita del mundo. Su originalidad la hace inigualable, pues jamás he visto tanto contraste en una sola capital. El agua del mar entra y sale en la ciudad, formando un lago en el centro y se esparce en las conocidas playas de Copacabana e Ipanema a lo lejos. Esta ciudad tiene la peculiaridad de que todo barrio o favela está bañado por el mar. Y qué decir cuando de espaldas al Redentor tienes en frente el mismísimo montículo del Pan de Azúcar, ese peñón de tierra casi fruto de la ciencia ficción. Pasamos horas contemplando esta vista llena de verde y de montículos de terreno que un día los portugueses decidieron convertir en ciudad, un acierto sin duda.

Los siguientes días son mucho más relajados, tostándonos en las playas de Ipanema y Copacabana. El culto al cuerpo y la cirugía son otra de las realidades del país, un país de sol y bikini de “hilo dental”, como ellos lo llaman. Pero esta no es la sola nota dominante pues los complejos no existen en Brasil, donde el cuerpo es bello sea cual sea, con más o menos curvas, pero siempre sensual. Si no te gusta lo cambias, y si te gusta enséñalo.

La visita al Pan de Azúcar la hacemos por la tarde, todo el mundo nos aconseja esta hora ya que hace menos calor y lo más bonito es poder ver el atardecer allá arriba. Tomamos en teleférico que nos lleva a la parte alta del montículo. Es impresionante ver como la ciudad se va apagando poco a poco y las luces de la noche se iluminan tomando el relevo del sol frente al océano. A 400 metros de altura éste montículo es, sin duda, el más característico de Rio. Su belleza es inigualable.

Los dos últimos días exploramos el centro de la ciudad, con sus iglesias y sus palacetes, salas de conciertos y museos. Me llama mucho la atención el Gabinete de Lectura Portuguesa, que Saramago visitó en más de una ocasión en vida. Entrar en este templo de la literatura portuguesa es un privilegio al alcance de todos. Una recreación de misticismo romántico me invade ante tantos libros, mi gran pasión.

Y no puedo acabar mi artículo de Rio sin hablar de las favelas. Esos barrios de gente pobre y trabajadora que corona las alturas, donde Michel Jackson aprovechó un día para grabar un videoclip para enfocar la mirada del mundo con su influencia en ésta zona de conflicto. Porque dentro de las favelas la violencia, las drogas y la falta de cultura son la problemática predominante. En el transcurso de nuestra estancia en Rio nos informamos de que muchos tours-operadores proponen excursiones a “Rosinho” y otras favelas pero esto nos parece tan fuera de lugar que ni siquiera imaginamos algo así. Ir a ver la pobreza ajena en carros blindados nunca estuvo en nuestra lista de viaje.

Solo puedo decir que después de lo mucho que he leído en este tiempo sobre las favelas la situación está mejorando. Seguramente no será de la noche a la mañana, pero la política llevada a cabo por el  anterior presidente Lula, que sacó a más de 30 millones de Brasileños de la pobreza ha dado sus frutos. Y es que la no violencia y la confianza son la única arma que servirán en un futuro.

Mientras tanto, lo poco que hemos podido conocer de Brasil nos asegura que es un país que mira al futuro con ilusión y grandezas de esperanza. Las oportunidades de mejora que dos acontecimientos tales como el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos darán marcarán el empuje que necesita un país de tan inigualable riqueza.

Cataratas del Iguazú

Tras un autobús de 17 horas llegamos a la Brasileña localidad de “Foz de Iguazu”, localidad limítrofe a Argentina desde la que se contemplan las caratatas del lado brasileño y desde la cual puedes pasarte al lado argentino.

Llegamos a nuestro hotel para dejar nuestras cosas y emprender, si podemos, la visita el mismo día. Son las 12, así que si queremos disfrutar algo tenemos que tomar el siguiente bus para poder ver las cataratas con un buen sol reluciente e incluso poder quedarnos hasta las 18 horas, cuando la luz ya empieza a decaer un poco.

Nada más entrar en el parque un tren se encarga de llevarte hasta la parte más al norte, donde se encuentra la garganta más espectacular vista desde arriba, “La Garganta del Diablo”. Recorremos pasarelas construidas por encima de un rio caudaloso pero en calma, de agua amarronada en un ambiente selvático y hasta amazónico. Y de pronto, ahí está, la ruptura del terreno, como si el mundo se terminase ahí mismo y el agua empieza a caer de forma tremendamente estrepitosa. El ruido ensordecedor no hace más que incrementar la impaciencia de ver el fondo de esta nube de gotas de agua que se confunden con humo blanco…. Descubro que no hay fin porque la caída de agua es interminable, como si hasta ese momento no me hubiera dado cuenta de que la naturaleza guarda sus caprichos y  de que el ciclo del agua es mágico.

Las diminutas gotas de agua nos mojan de la cabeza a los pies pero, sinceramente, no nos importa, más bien nos alivia del terrible calor húmedo que hace. Cuando te apoyas en las barandillas  para contemplar los litros y litros de agua que caen por segundo aparecen tímidamente pequeños arcoíris.

Pero si la visión desde arriba es impresionante, sobre todo por el ruido, la de abajo es, sin duda, mi favorita. Dos kilómetros de pasarelas te muestran una panorámica perfecta del conjunto de cataratas que vierten en el lugar. El sol deja entrever de vez en cuando, más si cabe, la belleza del sitio.

De regreso admiramos la fauna y la flora del parque, bien protegida, y observamos desde lagartos, hasta mapaches, monos, mariposas de todos los colores…

En fin un día completo con una excursión que no has de perderte si estás en la frontera entre Brasil y Argentina. Las cataratas de Iguazú son, efectivamente, impresionantes.

Florianópolis

Entramos desde Uruguay hacia Florianópolis (Brasil) a través de un bus de noche que tomamos en el Chuy, zona de paso Uruguaya-Brasileira que como paso de frontera ofrece todos los productos a un precio irrisorio, sin tasas y rebajados.

El bus está lleno y recargado, afortunadamente quedan las dos últimas plazas que hemos podido comprar. Los pasajeros en plena noche duermen ya que es un bus tan increíblemente largo que parte desde Montevideo con una duración de más de 24 horas. Paramos en la frontera hacia Brasil y todo parece estar en regla… ejem, todo salvo yo. El conductor suplente me llama y me dicen que hay algunos problemas para que yo pase la frontera. El bus entero me mira como si fuera un perro pulgoso y me bajo del mismo intentando solventar los problemas con mi entrada.

En la taquilla correspondiente me piden de todo, justificantes de salida del país, me preguntan que si vengo a trabajar, que si tengo dinero suficiente para salir…en fin…y todo esto en un portugués repentino que me ha salido. Que bien me vino el libro de portugués rápido que me compré para el viaje… Al final y tras mucho cavilar, el oficial me da 15 días de permiso para pasar en el país, que serán más que suficientes para hacerme una buena idea del sabor de la caipiriña y el son de la samba en mis pies.

En el hostal de Santa Catarina, una isla al lado de Florianópolis donde nos alojamos el ambiente es totalmente relax, playero y joven. Conocemos a muchos brasileños y españoles y la nota predominante es “fiesta”.

Como otras veces hemos hecho en el viaje, alquilar una moto puede ser la mejor manera, y la más económica, de recorrer una isla. El primer día con Jordi, otro español nos montamos en la moto y descubrimos el norte y sus playas típicas brasileiras. Una enorme carpa de música tecno está a la entrada de la playa y el ambiente es espectacular. Probamos la caipiriña fresca y regresamos por otro camino apreciando el verdor de las playas que dan a la “Laguna de Conceisao”, calmadas y de un verde intenso.

Los pueblos pesqueros en la isla todavía son muy tradicionales, pescan a mano y con red y están orgullosos de poder transmitir todavía su saber de padres a hijos. Y, como no, en las playas nunca puede faltar el terreno de fútbol donde niños y mayores se desfogan y cuyas habilidades en el control de balón quedan boquiabierto hasta al más anti futbolero. Y es que este país vive por y para el fútbol, y la afición se instala en la pobreza y en la riqueza, en pequeños y mayores sin discriminación de ningún tipo.

Ni que decir tiene que (salvo excepciones, como siempre para todo) los brasileiros están deseando de acoger orgullosos el próximo mundial de fútbol que en seis meses revolucionará todo el país en todos sus rincones. No tienen duda de que Brasil ganará esta vez y se apoyan en la cantidad de copas que ya tienen de ventaja con los demás países.

Por la noche la samba nos envuelve. Dos veces por semana la asociación de comparsas de la ciudad se reúne para ensayar en una gran carpa haciendo partícipes de su ritmo y su alegría a todo transeúnte que pase y quiera festejar. Así que, curiosos, nos acercamos, y con cerveza en mano apreciamos atónitos el ritmo frenético de este baile sin igual. Y aunque parezca sencillo, no lo es para nada, intentadlo… las escuelas de samba imparten clases desde la infancia y los niños llevan ya el ritmo en la sangre, como parte de ellos. Pies y caderas son un desenfreno de desenvoltura y gracia. La reina del futuro Carnaval es magnífica y las demás damas que la acompañan, lejos de complejos y diferencias bailan con minúsculos trajes prueba de que el cuerpo aquí es un instrumento de belleza, sea cual fuere su constitución, porque los cánones de las curvas y la carne siembre ganan.

Y así pasamos una semana en esta linda isla del sur de Brasil, un país que ya empezamos a saborear y cuya alegría emana por los poros de sus gentes. Próximo destino, Iguazú, para contemplar las enormes cataratas.