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Buenos Aires

Por fin estamos en Buenos Aires, la capital de Argentina. Tras un bus largo desde Córdoba llegamos a la terminal de buses de la ciudad y todo en ella es caótico. Los porteños (habitantes de Buenos Aires ciudad) tienen otra actitud y lo notamos enseguida. Son más escandalosos, más vivos y hablan con un tono y gallardía que no son de nuestro agrado, al menos al principio. La imagen y mala reputación del “porteño” que tienen los argentinos no me ha influido para escribir esto. Lo constato con mis propios ojos.

Por suerte un taxista uruguayo nos acerca a la ciudad y nos enseña, a grandes rasgos, las avenidas principales. Su amabilidad y camaradería nos llaman la atención. Se despide efusivamente de nosotros sobre todo cuando conoce que después visitaremos su país, su pequeña maravilla.

Situada al margen del Rio de la Plata que da a parar al mar, se alberga una ciudad que vive como si fuera de interior, donde la playa no existe y el puerto es la única comunicación con el mar y sus aguas.

Estamos cansados el primer día pero nada más llegar nos apuntamos a hacer uno de los tan comunes “free-tour” que en ésta como en las grandes ciudades se ofrecen.  La guía nos enseña la ciudad y sus rincones más preciados. Estoy contenta por fin de llegar a una gran ciudad, porque Buenos Aires tiene avenidas gigantes y edificios bellísimos donde a veces se combinan diferentes estilos, “art nouveau”, “haussmanian” o francés…lo que podría confundirla con cualquier otra ciudad de Europa.

Paseamos por las enormes avenida 9 de Julio y avenida de Mayo, y me sorprende, pero no me imaginaba una ciudad tan gris, donde la bandera argentina que ondea sin cesar en los edificios apenas se distingue en el contraste. Atrás dejamos el Teatro Colón con su bonita fachada en la Plaza Lavalle y empezamos a descubrir unos árboles muy característicos de la ciudad, las gomeras. Estos árboles de enormes troncos y de edades centenarias extienden tan largamente sus ramas que a veces tienen que ser aguantadas por estructuras que la ciudad ha diseñado para ellos.

El obelisco corona la ciudad con una altura de 67 metros y es el lugar de celebración por excelencia de los porteños. Detrás de él una figura que marcó un antes y un después de ésta villa llena de historia moderna.

Evita Perón de perfil. Ella escribió en las páginas de la historia de Argentina en tiempos de anhelo por mejorar el país junto a su marido. La lucha contra la pobreza y a favor de los derechos de la mujer conquistó no sólo el corazón de los argentinos, también el del mundo entero. En nuestro descubrimiento de la ciudad acabamos por el barrio de La Recoleta, que alberga el famoso cementerio del mismo nombre. Allá, la austera tumba de Evita es visita obligada, prueba de la cercanía que derrochó al mundo. Este cementerio no es como uno cualquiera, es una ciudad donde los panteones se exhiben como casas y cuya belleza escultórica queda embelesado al visitante.

Es el segundo día en Buenos Aires y además, esta noche es nochevieja. El calor en la ciudad es sofocante pero aun así decidimos ir a visitar uno de los barrios más emblemáticos y antiguos de la ciudad, La Boca. Leemos que es un barrio algo marginal y por eso no llevamos nada más que lo puesto y nuestra cámara en mano. He visto fotos de la calle tan conocida llamada “caminito”, de casas de chapa coloreadas y de gentes bailando tango en las esquinas.

La imagen turística es demasiado atrayente para perdérnosla y, además, teniendo en cuenta que éste era el barrio del famoso Maradona, y pasar por el mítico estadio del Boca Juniors es casi una visita obligada.

Pero lo que pensábamos iba a ser una tarde de descubrimientos y un paseo, se torna todo lo contrario. Caminando, al llegar a una esquina nos asaltan tres tipos. Bueno, mejor dicho a Loic. Le arrancan la cámara que lleva colgada del cinto y se alejan como si nada. Uno de ellos enseña su navaja. El susto me coge por sorpresa y desprevenida, como suele acontecer en estos casos, pero lejos de preocuparme por la cámara el choc viene de la violencia. Lo único que puedo hacer es gritar como loca que alguien llame a la policía mientras Loic, presa más de la rabia y la impotencia que del pánico, decide ir a la busca y captura de uno de ellos. Lo persigue y casi lo atrapa, pero éste consigue meterse en un descampado que parece lleno de indigentes y drogadictos. Ni se te ocurra entrar, le grito.

Dos minutos después la policía se presenta en el lugar. Tras contar rápidamente lo que nos ha ocurrido nos suben en su coche y nos encierran dentro durante al menos 40 minutos infernales durante los cuales los policías no dudan en sacar sus armas. Dios mío, la primera vez que he visto utilizar pistolas como chicles. Llaman a los refuerzos, a la policía federal y se hace un barullo de en total cinco coches de policía en torno al descampado. No nos dejan salir del coche por miedo a que nos ocurra algo.

Hora y algo más tarde y sin rastro del chaval, la policía acaba por decirnos que lo sienten pero que no pueden hacer nada. Loic en el empeño, quiere, ya no tanto recuperar lo que es suyo (pues es sólo una cámara que no venderán por mucho tampoco) sino más bien hacer justicia. Y muchos de vosotros sabéis lo justiciero que es él cuando se pone. Logra convencer a los policías de entrar una segunda vez con él presente y, de repente el descampado lleno de maleza y chatarra empieza a arder como en un incendio. Qué casualidad no? Lo que faltaba, además de los cinco coches de policía uno de bomberos se presenta para apagar la quema.

En fin, tras la actuación de bomberos sabemos que ya todo está perdido. Sabemos que no podemos recuperar la cámara pero teníamos al menos esperanzas de dar con el tipo. El caso es que casualmente ésta es una zona donde se pasa droga y nuestra hazaña es la excusa perfecta para meter mano al lugar. Al menos que de algo haya servido la experiencia.

Nos quedamos con un mal sabor de boca de esa tarde, sabor de venganza o de impotencia reprimida. En un escenario como ese había muchas personas en la calle y nadie nos ayudó, lo que nos prueba que es cotidiano y un hecho más dentro de un barrio de gente humilde.

Hablando con los vecinos me doy cuenta de que todos sufren las consecuencias de una violencia instalada y hostil de la que nadie quiere hablar por temor a amanecer al día siguiente con un tiro en la cabeza. Analizando la situación, finalmente, lo comprendo. Solo espero que estos que incurren en la violencia no acaparen cada día más terreno en ésta ciudad. Sería una pena, en la que no voy a entrar ni en sueños, el reducir a Argentina entera en éste hecho desafortunado y aislado.

Esa noche de fin de año la pasamos con nuestros amigos anglo cubanos y, por momentos, hacemos un esfuerzo sobrehumano por olvidar lo acontecido.

Después de esto y al día siguiente, nuestro último día, paseamos descubriendo otros barrios, esta vez mucho más seguros, como  Palermo. Pero a decir verdad ya no disfrutamos igual e imágenes nos vienen a la mente cada dos por tres.

Queremos despedirnos de Argentina como lo merece, como lo que hemos recibido y como la gente que hemos encontrado, maravillosa. No es muy difícil viendo las fotos que tenemos guardadas de los grandes momentos que hemos pasado en ésta tierra y de la acogida de la gente. Lo demás, no son más que añadidos de la aventura de un libro que estamos escribiendo desde todas las perspectivas. Y, sin duda, volveremos.