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Florianópolis

Entramos desde Uruguay hacia Florianópolis (Brasil) a través de un bus de noche que tomamos en el Chuy, zona de paso Uruguaya-Brasileira que como paso de frontera ofrece todos los productos a un precio irrisorio, sin tasas y rebajados.

El bus está lleno y recargado, afortunadamente quedan las dos últimas plazas que hemos podido comprar. Los pasajeros en plena noche duermen ya que es un bus tan increíblemente largo que parte desde Montevideo con una duración de más de 24 horas. Paramos en la frontera hacia Brasil y todo parece estar en regla… ejem, todo salvo yo. El conductor suplente me llama y me dicen que hay algunos problemas para que yo pase la frontera. El bus entero me mira como si fuera un perro pulgoso y me bajo del mismo intentando solventar los problemas con mi entrada.

En la taquilla correspondiente me piden de todo, justificantes de salida del país, me preguntan que si vengo a trabajar, que si tengo dinero suficiente para salir…en fin…y todo esto en un portugués repentino que me ha salido. Que bien me vino el libro de portugués rápido que me compré para el viaje… Al final y tras mucho cavilar, el oficial me da 15 días de permiso para pasar en el país, que serán más que suficientes para hacerme una buena idea del sabor de la caipiriña y el son de la samba en mis pies.

En el hostal de Santa Catarina, una isla al lado de Florianópolis donde nos alojamos el ambiente es totalmente relax, playero y joven. Conocemos a muchos brasileños y españoles y la nota predominante es “fiesta”.

Como otras veces hemos hecho en el viaje, alquilar una moto puede ser la mejor manera, y la más económica, de recorrer una isla. El primer día con Jordi, otro español nos montamos en la moto y descubrimos el norte y sus playas típicas brasileiras. Una enorme carpa de música tecno está a la entrada de la playa y el ambiente es espectacular. Probamos la caipiriña fresca y regresamos por otro camino apreciando el verdor de las playas que dan a la “Laguna de Conceisao”, calmadas y de un verde intenso.

Los pueblos pesqueros en la isla todavía son muy tradicionales, pescan a mano y con red y están orgullosos de poder transmitir todavía su saber de padres a hijos. Y, como no, en las playas nunca puede faltar el terreno de fútbol donde niños y mayores se desfogan y cuyas habilidades en el control de balón quedan boquiabierto hasta al más anti futbolero. Y es que este país vive por y para el fútbol, y la afición se instala en la pobreza y en la riqueza, en pequeños y mayores sin discriminación de ningún tipo.

Ni que decir tiene que (salvo excepciones, como siempre para todo) los brasileiros están deseando de acoger orgullosos el próximo mundial de fútbol que en seis meses revolucionará todo el país en todos sus rincones. No tienen duda de que Brasil ganará esta vez y se apoyan en la cantidad de copas que ya tienen de ventaja con los demás países.

Por la noche la samba nos envuelve. Dos veces por semana la asociación de comparsas de la ciudad se reúne para ensayar en una gran carpa haciendo partícipes de su ritmo y su alegría a todo transeúnte que pase y quiera festejar. Así que, curiosos, nos acercamos, y con cerveza en mano apreciamos atónitos el ritmo frenético de este baile sin igual. Y aunque parezca sencillo, no lo es para nada, intentadlo… las escuelas de samba imparten clases desde la infancia y los niños llevan ya el ritmo en la sangre, como parte de ellos. Pies y caderas son un desenfreno de desenvoltura y gracia. La reina del futuro Carnaval es magnífica y las demás damas que la acompañan, lejos de complejos y diferencias bailan con minúsculos trajes prueba de que el cuerpo aquí es un instrumento de belleza, sea cual fuere su constitución, porque los cánones de las curvas y la carne siembre ganan.

Y así pasamos una semana en esta linda isla del sur de Brasil, un país que ya empezamos a saborear y cuya alegría emana por los poros de sus gentes. Próximo destino, Iguazú, para contemplar las enormes cataratas.